Salarrué Era pálida como la hoja-mariposa; bonita y triste como la virgen de palo que hace con las manos el bendito; sus ojos eran como dos grandes lágrimas congeladas; su boca, como no se había hecho para el beso, no tenía labios, era una boca para llorar; sobre los hombros cargaba una joroba que terminaba en punto. La llamaban la peche María. En el rancho eran cuatro: Tules, el tata; la Chón su mama, y el robusto hermano Lencho. Siempre María estaba un grado abajo de los suyos. Cuando todos estaban serios, ella estaba llorando; cuando todos sonreían, ella estaba seria; cuando todos reían, ella sonreía; no rió nunca. Servía para buscar huevos, para lavar trastes, para hacer rir ... -¡Quitá diay, si no querés que te raje la petaca! -¡Peche, vos quizás sos lhija el cerro! Tules decía: -Esta indizuela no es feya; en veces mentran ganas de volarle la petaca, ¡diún corvazo! Ella lo miraba y pasaba de uno a otro rincón, doblada de lado la cabecita, meciendo su cuerpecito endeble, como si se...
Francisco Gavidia Es Cacaotique que modernamente se pronuncia y escribe con toda vulgaridad Cacahuatique, un pueblo encaramado en las montañas de El Salvador, fronterizas a Honduras. Por ahí nació el bravo General don Gerardo Barrios, que, siendo Presidente de la República, más tarde, se hizo en Cacahutique una finca de recreo con dos manzanas de rosales y otras dos de limares, un cafetal que llegó a dar 900 sacos, y una casa como para recibir a la Presidenta, mujer bella y elegante por extremo. Un vasto patio de mezcla, una trilla y una pila de lavar café; una acequia que charlaba día y noche al lado de la tasa, todo construido en la pendiente de una colina, arriba y de modo que se dominaban de allí las planicies, los calles y vericuetos del cafetal cuando se cubría de azahares; la montaña muy cerca en que se veían descender por los caminos, casi perpendiculares, a los leñadores con su haz al hombro; por otro loado, montes. por otro, un trapiche, a tiempos moliendo caña, movido por b...
por Mauricio Vallejo Márquez Estaba muerto. Definitivamente así me sentía, un cadáver sobre la silla secretarial a la espera de la hora de la salida. Sin embargo, las agujas del reloj no querían avanzar. Tenía días cuando me trasladaron de mis asignaciones habituales como abogado para ser asistente de un jovencito que me enviaba a llenarle un termo de agua, a comprarle churritos, a hacerle encomiendas a su padre, a limpiarle el carro, además de hacer otro conjunto de atribuciones que no me competían. —¡Gracias a Dios hay trabajo! —me consolaba. La aguja segundera parecía no moverse, aunque la veía recorrer el contorno de aquel iris negro con números negros. El teléfono sonó. —Licenciado, hágame el favor de venir para llevarme una correspondencia al otro edificio—y luego el sepulcral silencio de la condena de muerte. Y así me levantaba de mi puesto para efectuar la solicitud. Entraba a su oficina con el inconfundible olor de un pedo que a p...
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