martes 24 de junio de 2008

¡Paren, señores, pareeeenn!


Francisco Andrés Escobar

Cuando tenía unos seis años, una prima casadera andaba en amores con un su pretendiente. Buena parte de la familia no lo quería: "Yo no sé qué le habrá visto esta a semejante vago. ¡Feyo, bolo y acabado… bonita vida la que le va a dar! Pero ella no se amilanaba. Descendiente de una colección de abuelas, madres, tías, matronas acostumbradas a hacer lo que su real gana les pidiera, había decidido noviar con el rechazado, a pesar de los torrentes de amenazas y críticas que se le desplomaran. Si había una fiesta, la prima se las arreglaba para que unas compañeras del colegio la fueran a buscar a la casa y, ante el compromiso del tumulto, nadie pudiera objetar la salida. Si había algún "turno", la prima ofrecía cooperación para que los organizadores le encomendaran las actividades más variadas. Si había algún velorio, la prima se ofrecía como primera rezadora o cantadora, y nadie era capaz de objetar el piadoso oficio. Si había alguna procesión de la Virgen, la prima se agenciaba uno de los mejores lugares de la andadilla para cargar la imagen. Si había…

En fin, si había lo que hubiere, la prima siempre encontraba ocasión para enrolarse en el asunto y, entre vueltas y revueltas, verse y darse sus roces con el galán. La madre ardía en vituperios y admoniciones, porque siempre había algún o alguna lenguaraz que corría a la casa con detalles espeluznantes: "Allá iba ese hombre con la muchacha. A saber con qué intenciones anda, porque iban como quién va para la estación". "Allá está su muchachita, señora. Después no diga que no le vine a avisar. El baboso le aventó una pedrada al foco de la esquina, y allá la tiene bien apercollada contra la pared". "Allá va…". "A la mierda con que vaya a donde vaya-explotaba calentada la señora-. El problema es de ella, no de ustedes. ¡metidos. En todo están, menos en misa!" Entonces, si mi abuela estaba presente, terciaba conciliadora: "Mejor dele permiso a ese hombre de que llegue a la casa, si no, la gente se va a seguir comiendo viva a la Noemí".

"¡Antes, muerta! Para que ese hijueputa entre en mi casa, tiene que volver el diluvio universal". "Entonces, atenete a las consecuencias"."

¡Que se atenga ella, porque hoy la malmato!". Malmatadas iban y venían. Las encerronas se sucedían una tras otra: "Hoy no me vas al cine, aunque llorés sangre". Los impedimentos variaban en ingenio: "Mañana domingo, no me le dejen ropa que pueda ponerse. Que salga en pelota, si tanto es la chirria de ver a ese infeliz". Pero todas las argucias y cercos de la madre nada podían contra el amor de aquella prima por su escuálido caballero, por quien habría sido capaz de lanzarse sobre cercos y tejados para tener con él un momento de gusto. No pasaban a mayores cosas, no. En eso era medida e inteligente. En una ocasión en que el caballero barajustó en ardores y decidió irse de manos libres rodillas adentro, la prima le tronó un reverendo tortazo entre nariz y cachetes, al tiempo que le decía: "¡Allí no, animal!" Pero por nada de este mundo hubiera estado dispuesta a dejar de quererlo, y menos a privarse de los vapores y calores que provee un buen zamaqueón de besos y abrazos gozados a hurtadillas. "Mirá, Cristina-trataba de abonar mi abuela-, si eso que se den sus socones no tiene nada de malo. Vos y yo hemos pasado por lo mismo". "Por eso mirá como estamos…!Y mejor callate, que si esta bruta te oye, es capaz que se ancha, y entonces quien la detiene". Campante y rasante, a la prima no la detenía nadie. Una tarde, mientras la feria del lugar se desenvolvía con sus ruidos y colores, mi prima llegó donde mi abuela: "Mamaíta Tulita… ¿me presta al niño?...Es que quiero llevarlo a las ruedas…hasta hoy sólo de los caballos sabe, y quiero que se suba a las otras". Mi abuela supuso todo lo que había detrás, pero como no era muy amiga de echarle a perder el gusto a nadie, y no tenía nada especial contra el caballero en mientes, con simpleza contestó: "Pero en la chicago no me lo vayan a encaramar, porque de allí se desbarranca". Tres esquinas más adelante, estába el enamorado de la Noemí, en espera acezante. Yo, intuyendo lo que uno suele atisbar en esas ocasiones, me adelanté unos pasos, mientras ellos caminaban abrazados, atrás. La feria era una maravilla. En las dos o tres cuadras que precedían al parque, un túnel de velachos y mantas se extendía entre acera y acera. Allí había de todo: populares juguetes de madera, dulces de colación, dulces acitronados y otras ambrosías, machetes, piedras de moler, sábanas, herrajes y chumpas, jarcia, monturas, juguetes de barro,…Más adelante se expandían las comidas nacionales: pupusas, pasteles, atoles, yuca sancochada, yuca frita, ponche…Y luego, en el contorno cuadrado del parque, los caballitos, las voladoras, la chicago, el gusano, los carros locos, y la ola giratoria hacían reverberar el aire con sus velocidades, mientras la mujer sin cabeza, la peluda, los títeres, las loterías, los chingolingos, las refresquerías y otras tantas alucinaciones hacían de aquel lugar un pequeño país de mentira. Comimos chucherías, bebimos frescos, nos subimos a la ola giratoria que emitía un traque traque, mientras la gran rueda, guarnecida por una especie de larga persiana, daba leentas y oscilantes vueltas en serena posición horizontal. Después abordamos la chicago. Allí fue el drama. Mi prima y su amado se socaron el uno contra la otra, y a mi me pusieron en el extremo del reducido asiento, sin más apoyo y socorro que el pequeño barrote de madera que servía de seguridad y sostén. Al principio todo iba en calma. Los asientos subían y bajaban, y uno podía ver el panorama que crecía ampliamente en la ascensión y luego se iba reduciendo en el descenso. De pronto, la velocidad del aparato creció, y lo que en un principio para mí fue gusto se convirtió luego en un horror inmanejable. Las vueltas se sucedían una tras otra con vértigo, los asientos se bamboleaban, y la gente, entusiasmada o aterrorizada, daba alaridos. Abajo, un enorme gentillal hacía cola para la vuelta siguiente. Yo no paraba de gritar a galillo abierto: ¡Paren, señores, pareeenn!! Y trataba de aferrarme a la prima y a su caballero; pero ellos, indiferentes a la velocidad y a mi horror, permanecían atrapados en un prolongadísimo beso que solo solían interrumpir para tomar aliento. Al final del martirio, me bajé pálido, sudoroso, mareado, con fiebre. Cuando salimos a un espacio aireado del parque y la Noemí vio mi lamentable condición, se afligió. "No le vayas a decir a tu mamaíta Tulita que te subimos a la chicago, oís…Te vamos a dar peseta…Yo le voy a decir que fue un fresco de ensalada el que se te cayó en la ropa". Los miré con malevolencia. ¡"Un colón…"! exigí. Mi prima se le quedó viendo al amado; y el escuálido caballero no tuvo más remedio que sacar un billete de a uno que, para arreciar mi desquite, exigí que fuera de los nuevecitos.

ADANIS Y EVANGELINA


Iván Larreynaga

Al fin se encontraron en el Café. Era la primera cita y con intenciones. Una en la que no se hablaría más de cómo había sucedido la tragedia y de cómo se sentía de las heridas. Ya no más conversaciones frías por teléfono. Ahora estaban frente a frente y los dos estaban preparados, desde el acuerdo de la cita, para cualquier cosa que ocurriera.

- Me costó dar con este Café, usted. Pero la verdad está bonito, ¿cómo se lo halló? –interroga Evangelina mientras se agita la falda antes de sentarse y mira cada rincón del Café.

- Pues, la verdad, vivo cerca de aquí y cuando lo abrieron no pude evitar venir a conocerlo. Y es que en el canto citadino se da cualquier rima y los modos de conocer a alguien de quien puedas interesarte van desde los más dulces hasta los más trágicos. Ellos se conocieron por una tragedia que, gracias a Dios y a Adanis, no pasó a más. Fue tan sólo un buen susto. Sucedió hace más de quince días en los alrededores del gimnasio donde entrena Adanis. Adanis es físico-culturista desde la mocedad y lo demuestran sus anudados músculos que parecen gruesas lianas que le envuelven el cuerpo. En el gimnasio trabaja su cuerpo y, además, da clases de aeróbicos. El día de la tragedia, Adanis tuvo el turno de las 8:30 a las 9:30 de la noche para dar sus rutinas a un grupo de señoras de regular edad.

- Yo voy a tomar algo de café, fíjese que hoy tuve que corregir exámenes y siento que me duermo –le explica Evangelina.

- Bueno, si cree que es molestia, pues, podemos dejar la cita para otro día.

- No, no, cómo va a creer. Hoy ya estamos aquí y la estoy pasando bien –tranquiliza Evangelina. Adanis se sonroja un poco cerca de los pómulos y en las orejas. Tose disimuladamente. Evangelina es profesora de inglés en una escuela privada que se dedica exclusivamente a la enseñanza de esa lengua. Sus seis años en Estados Unidos le ayudaron a aprender la lengua y especializarse en la traducción de textos del inglés al español y viceversa. En el país la traducción de textos no es muy buena. Por tal motivo, metió papeles para esa escuela de inglés y la aceptaron. Hace ya tres años que imparte sus clases allí, y ese día trágico regresaba tarde de una despedida de año que le festejaron sus alumnos.

- No puedo creer lo que pasaste con tu padrastro. Sabes, es increíble lo común que son los abusos hoy día. O sea que por eso terminaste en los Estados Unidos viviendo seis años. Qué bien. Disculpa el atrevimiento, pero la conversación está tan interesante que me gustaría que me acompañaras a una copa. ¿No es inconveniente?

- La verdad, el café estuvo revitalizador. Creo que no me caería mal una copa –contesta Evangelina con un dejo de descaro. El día que se conocieron, Evangelina apresuraba el paso por temor a que su autobús la dejara. Casi daban las diez de la noche y podía perder el último. Acomodándose la cartera a cada rato, Evangelina trotaba con apuro. Dobló la esquina del callejón del chucho escandaloso. El pánico cundía cada vez que tenía que pasar por allí: era oscuro y casi de una cuadra entera. En los tres años que tenía de pasar por esa cuadra nunca le sucedió nada malo, pero tan sólo los ladridos amenazantes del chucho escandaloso le ponían los pelos de punta. Una vez encaminada en la cuadra, abrazó la cartera como siempre solía hacer y, casi inmediatamente, el chucho escandaloso empezó su queja. Evangelina nunca se imaginó que esa noche festiva se transformaría en una agraciada desgracia.

- Pues, mira, en el amor me ha ido igual que a ti. Ni bien ni mal, pero más mal que bien. No sé, ya llevo como un año y medio de no lograr nada serio con nadie. Creo que estoy llegando a la edad en que uno espera más de la relación. Mira, te diré algo, yo creo en el amor muchísimo y eso es algo difícil de encontrar. Creo mucho en lo espiritual y no en lo corporal, y ya estoy harto de esa situación. Yo siempre espero algo más, y creo que mis relaciones han sido… cómo te explico… es que siento que…

- Sientes que nadie logra llenar lo que tú esperas de la vida. Todas tus relaciones han quedado en el límite de la jugarreta y te sientes como exigente de ciertos detalles que la otra persona no ve. Todo se torna infantil, banal y mentiroso…

- Exacto. Creo que es eso. Además, yo soy... yo soy alguien que se fija mucho en el interior de una persona más que en lo que luce. Mira, Eva, no me considero exigente en una relación, pero sí me gusta que me quieran por lo que soy y no por lo que luzco. La pasión tiene que ver mucho con el cuerpo, está bien, pero no tienen idea del éxtasis que se logra cuando se hace el amor con el alma encendida. Más bien con las dos almas encendidas y fundiéndose en amor mutuo… ¿Otra copita…?

- Está bien… Adanis se duchó contento y agitado el día que se conocieron. Siempre salía excitado de su clase de aeróbicos. En cada duchada cantaba por la emoción que le palpitaba en la piel. De su mochila sacó la ropa de muda y se vistió. Luego, todavía peinándose, se cercioró de que todo quedara en orden en la sala de ejercicios, cerró las ventanas y, llaves en mano, se despidió de los que todavía quedaban en el gimnasio. Rutinariamente, después de cada clase, iba al Café a tomarse algo refrescante. Se montó en su automóvil y se encaminó calle abajo. Apretó los dientes cuando en la esquina de la callejuela del perro bullicioso. Odiaba pasar por allí y sus intentos de buscar otra vía para evitar ésa, no tuvieron fruto después de varios desaciertos. Desde hace mucho se había convencido de que era imposible encontrar otra calle. Dobló la esquina y se dio cuenta, apenas a unos metros de recorrido, de que el perro estaba más bullicioso que nunca. Cuando los focos de su automóvil abrieron espacios de luz en la oscuridad, unas siluetas lo asustaron. Había alguien en el suelo con un tipo encima, otros dos estaban de pie y se asustaron al ver el carro.

- …Pero al menos usted ha tenido alguna que otra relación bonita. Yo realmente termino con los hombres justo como usted me encontró a mi… pero, Adanis, no hablemos de eso ya…

- Sí, me parece bien. Y ahorita… ¿tiene a alguien en mente?. Adanis trató de hacerse el desentendido de la situación. No es bueno meterse en lo que no le corresponde a uno en esta ciudad. El corazón le latía fuertemente y un sudor frío le recorría la sien. Fuera de su auto oía los gritos ahogados de alguien a quien le tapaban la boca, eso lo podía reconocer. Las siluetas tenían rostros amenazadoramente disimulados. El perro bullicioso estaba ronco de los ladridos. Estaba decidido a acelerar para salir rápido de allí cuando el grito de una mujer desesperada y que pedía auxilio, lo puso en conflicto. Luego, unos golpes y unos forcejeos. Después silencio y caras disimuladas. Pasó al lado de ellos y unos metros más adelante no lo pudo evitar. Detuvo el auto y salió con la duda en las piernas.

- ¿Otra copita…?

- Está bien -contestó sorprendido Adanis.

- Señor, por favor, nos trae mejor una botella del mismo vino y dos copas limpias…

- Mira, Eva, ¿te puedo llamar Eva? -

Me gusta como se te oye…

- Te voy a ser sincero… yo… bueno, la verdad, creo que los dos tenemos mucha apatía para las relaciones, pero yo he sentido que contigo estoy muy cómodo y como verás nuestro encuentro fue tan extraño que, igual, me siento extraño en lo que estoy sintiendo por ti… no estoy seguro, la inseguridad me mata cuando digo estas cosas…

- A mí también me pasa lo mismo, y creo que sé a dónde quieres llegar. Mira, Adán, ¿te puedo llamar Adán? …

- Me gusta como se te oye… -y sonríen. Los dos tipos se acercaron y le dijeron que aquí no pasa nada que le importe, que siga su curso. Luego, otro grito que volvió a desesperar al perro bullicioso: “¡Me quieren violar!”. Y las miradas tensas se cruzaron. Las de ellos con las de Adanis. Hubo un momento de parálisis expresiva. Adanis dio dos pasos atrás y los dos que estaban anteriormente de pie se acercaron con rabia en los ojos. Adanis entró en su auto y de allí sacó la palanca de la mica. Una furia profunda le crispó los labios y decidido se encaminó a ellos para la pelea. Hubo golpes y bufidos. La gran masa muscular de Adanis encontró motivo para sobresaltarse y moler a golpes a los violadores. Era increíble la fuerza de sus golpes. El tipo que sujetaba a Evangelina en el suelo, al ver la situación tan desfavorable para sus compañeros, decidió tomar lugar en la pelea. Por más que lo intentaron no pudieron con la potente furia de Adanis que vociferaba cada vez que daba un trancazo, ya fuera con la palanca ensangrentada por los golpes, ya fuera con sus puños.

- …Y si bien he sido sincera al contarte tantas cosas que no le he contado a nadie, hay algo que no sabes de mí. Eso me ha causado problemas y, te juro, que no quiero tenerlos contigo…cómo te explico… es que igual me siento tan bien contigo y en tan poco tiempo… no quiero arruinarlo, al menos no quiero que por esto arruinemos nuestra amistad… es que…

- Pero, Eva, todos tenemos nuestros secretos, nuestras cosas personales que queremos guardar… sabes, yo también tengo uno que no te he contado… y cuando te oigo siento que tu voz tiembla como lo haría yo… para mí también es difícil esto… Definitivamente Adanis apaleó a los depravados. Salieron corriendo por entre la oscuridad, gemían y se detenían la sangre que les bañaba el cuerpo. Fue entonces cuando Adanis se acercó a Evangelina y la atendió. Le preguntó que cómo estaba y ella contestó que no lograron lo que pretendían. Pero estaba muy mal herida con moretes y raspones por todo el cuerpo. Adanis la cargó en brazos como quien lleva un peluche y la metió en el carro. La llevó al Seguro Social, puso la demanda en la PNC y luego la llevó a su casa. Claro, en ese transcurso rompieron el hielo del anonimato y se intercambiaron los teléfonos. En los siguientes días Adanis la llamaba casi a diario para saber cómo seguía. Y luego, era ella quien llamaba para platicar de cualquier cosa. Entre uno de esos días y entre una de esas cosas, cuando ya todo estaba más para allá que para acá, fue que se citaron en el Café. Se disponían, al parecer, a arreglar aquellas “cosas de teléfono”. Una vez frente a frente por más de tres horas en el lugar acordado, el amor susurraba en sus oídos.

- … Ay, Adán, Adán, es que no te quiero desilusionar… es muy difícil mi pasado y lo que yo… - Pero, Eva, ¿Qué es lo que pasa…? ...sabes qué, dejémoslo ahí… creo que tienes razón… yo también…yo no puedo conseguir nada contigo tampoco…

- Soy gay, soy tra...

- …

- Y además... en los Estados Unidos me operé los senos, pero en verdad soy un hombre… ¡¿De qué te ríes?! …¡Mesero, la cuenta, por favor!

- No, no, no ¡Espera! – Adanis le toma el brazo y se le abalanza con un beso jugoso. Se siguen besando. Siguen. -Déjame explicarte… desde hace tiempo, ¡Desde siempre…! ...desde siempre he abandonado lo que me dieron por cuerpo, he intentado borrar mi cuerpo …y trabajo duro por parecer lo menos posible... una mujer.

- ...

- ¡Ahora bésame…! Y, por supuesto, se enredaron en ese beso. Nadie en el lugar entendía la pasión de la pareja doblemente emparejada. Es difícil en este canto citadino entender un simple beso y menos ese tipo de besos. Sólo el amor hace esas jugadas para entenderlo él mismo. Sólo el amor encuentra soluciones en esta ciudad emproblemada.

- ¿Sabes qué, Adán? Siempre quise tener hijos naturales con mi pareja… -y continuaron besándose.

EL NEGOCIO


Mauricio Vallejo Márquez

Era una noche tranquila. Los árboles se dibujaban como diminutas sombras a la distancia. Los grillos le cantaban a la noche confundiendo su canto con la melodía del viento. En la casa, una vela iluminaba los cansados ojos de un anciano.
A pesar de sus años tenía una apariencia de roble. Vestía una camisa café y un pantalón ocre. Su barba se iluminaba con majestad. Parecía, por momentos, que iba a arder junto a la llama de la vela. Sus manos parecían ser las de un oso y no las de un hombre. Parecía un vikingo, que meditaba frente a una vela.
La noche avanzaba y el hombre no perdía la compostura a pesar de sus problemas, continuaba observando la ligera llama de la vela que se extinguía.
Cuando dieron las tres de la mañana alguien tocó su puerta. El hombre giró su rostro, como si alguien tocara sobre su hombro. Se levantó de la mesa y observó la puerta. Era muy noche para que fuera un amigo. Seguramente se trataba de algún ladrón, en noches anteriores había recibido varias visitas de esos irrespetuosos visitantes. El hombre se acercó a la puerta intentando no hacer ningún ruido. Afuera volvieron a tocar, una vez más otra, y otra más. El hombre comenzó a temblar, “¿Quién podrá ser?, se preguntó.
-Marcos, soy yo, Fabricio. Abrime la puerta que me andan buscando.
-Te creía en El Salvador. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿No sabés que te pueden matar? –dijo el anciano.
-Ya es muy tarde para eso. Hoy di el gran golpe.
-¿Tenías que hacerlo? ¡Qué decepción me das! No era necesario. Me has tenido por dos meses lleno de temor. Creí que te habían asesinado.
Marcos invitó a pasar a su hermano. Cuando se le permitió entrar llamó a siete hombres que estaban a los alrededores.
-Y, ¿ellos quienes son? –preguntó Marcos.
-Son apoyo, varón. Uno tiene que cuidarse las espaldas, vos sabés. Aquí sólo están siete, pero hay diez más al otro lado de San Antonio.
En realidad eran nueve los que esperaban en san Antonio. Uno había muerto alcanzado por el proyectil de un policía.
Marcos observó detenidamente a Fabricio con incredulidad. Sabía que no era hombre de fiar. Siempre contaba “cuentos extraños” sobre el amor y la esperanza, y se dedicaba a vender droga y a asaltar bancos.
Así que extendió sus manos hacia los hombros de Fabricio y al asirlo le dijo:
-Hermanito, no puedo seguir cuidándote. ¿Cuándo vas a cambiar?
-Vos no sabés nada, oís
-No te voy a alojar en mi casa. Quiero que aprendás. Lo que hiciste está mal y no quiero meterme con ladrones. Me avergüenza que seas mi hermano. Fabricio tragó saliva y le dijo:
-Bueno Marcos, me tengo que ir. Pero quiero que sepás que te quiero.

Horas más tarde ocho hombres cruzaban Puebla callados, se podía escuchar a kilómetros de distancia el motor del Jeep, cuando uno de los hombres le dijo al salvadoreño:
-No lo hubieras matado, mano, no era necesario.
El salvadoreño guardó silencio y observó hacia el cielo y dijo:
-Este es un asunto de hermanos.
Y volvió a guardar silencio.

EL ECLIPSE


Rafael Francisco Góchez
El primer contacto se confirmó a las 12:26 meridiano, como estaba previsto.
En la televisión nada más se veía la uñita comiéndose al círculo claro, que se suponía era el sol. Los comentaristas, no hallando ya de qué hablar, aburrían al público con las recomendaciones anunciadas con escandalosa saturación publicitaria durante la semana previa al evento: no intente mirarlo directamente, no utilice vidrios ahumados ni lentes oscuros ni espejos, todo método de observación directa puede causar ceguera irreversible debido a los rayos infrarrojos y ultravioletas; esto -por supuesto- sin mencionar la extensa variedad de charlatanes que desfilaron por la pantalla chica vaticinando catástrofes hecatómbicas a raíz del fenómeno natural.
A juzgar por el despliegue propagandístico, sin duda era el evento del siglo. Un eclipse total de sol no ocurre todos los días; es más: serán los hijos de los hijos de esta generación quienes podrán ver otro similar (siempre y cuando la contaminación, la depredación humana hacia el ecosistema y los del primer mundo se lo permitan).
No sólo los niños fueron los privilegiados, presos de la enorme tentación -el gusanito de la curiosidad- de estar observando al cielo a medida la luz se iba volviendo amarillenta, como un foco de 25 watts en decadencia; a medida que los pájaros iban regresando a sus nidos, confundidos por el paulatino oscurecimiento y descenso de temperatura; a medida el clima nocturno se iba haciendo patente. También los mayores. ¿Prueba de ello?: las existencias de vidrios para lentes de soldador (Números 12 y 13) se agotaron tres días antes de que el cielo despejado se encargara de ahuyentar los temores de haber hecho una mala inversión.
Al cabo de una hora con veinte minutos ya sólo quedaba un hilito de luz escapándose por entre el círculo negro. La televisión mostraba el anillo de diamantes, según había sido previamente anunciado. Y la oscuridad se hizo.
* * *
Don Pedrito tenía 66 años y había recomendado con insistencia, a sus hijas y nietos, que no fueran a ver para arriba porque “se iban a quedar chocos”.
Cuando leyó -una semana antes- el anuncio de que los cipotes no iban a ir a la escuela, exclamó: “¡Vaya, hombre! ¡Al fin hicieron algo bueno estos del Gobierno!”. En los dos tercios de siglo que tenía de andar bregando por los mares de la existencia, nunca había visto a los políticos hacer algo positivo por su pueblo. En eso sí estaba muy claro, y lo sostenía donde fuera y con quien fuera, aunque por eso hubiera tenido muchos problemas (el más grave fue cuando llegaron a buscarlo unos hombres armados, hará unos doce o trece años. Menos mal que estaba en el Seguro Social pasando consulta, que si no... ¡Líbranos Señor de todos los males!).
Desde temprano había sostenido fuertes discusiones con la Rosario y la Concepción, sus hijas. “Sí, como hoy ya están grandes y son profesionales, se la llevan de sabelotodo”, había dicho más de una vez, porque ellas habían construido su propio observatorio con el espejo de la sala cubierto con un papel grande, al cual le habían hecho un hoyo del tamaño de una pesetita, poniéndo el artefacto contra el sol a reflejar el proceso mismo que en la televisión estaba saliendo. “No sean necias, se van a quedar chocas. Sí: ciegas van a terminar”, había sentenciado varias veces al presenciar, desde su mecedora y con la mano tapando los ojos, tal método de observación indirecta (según habían dicho los periódicos).
Con los nietos había sido más tajante: “¡A meterse en el cuarto y estarse quietos, que si no les va a caer su buena zopapeada!”. Los cipotes -como siempre- procuraban conmover la cariñosa autoridad del patriarca con ruegos y más ruegos que pronto se desvanecían ante las advertencias cargadas de severo cariño.
Para reforzar su tesis, el viejo había contado dos anécdotas de casos similares, dos décadas atrás, cuando un eclipse parcial anunció infinidad de desgracias para el país, tal y como -según el razonamiento popular- se había confirmado con el sangriento baño que la patria aún estaba sufriendo.
A la 1:48, la oscuridad era inminente. Los locutores de la televisión seguían insistiendo en lo mismo que don Pedrito: no mirar... no mirar... no mirar. A la 1:51 ya no se distinguía el reflejo que pegaba en las baldosas del cuarto. La pantalla chica confirmaba el instante tan esperado.
El locutor dijo: “Este es el único momento en que se puede ver directamente el fenómeno”. Don Pedrito replicó: “¡No hagan caso, que estos -con tal de quedar bien- son capaces de decir cualquier babosada!”.
Los cipotes miraron inquisidores a sus madres, las cuales hicieron un gesto de asentimiento entre sí. Asomaron la cabeza hacia el cielo despejado y -en medio de la temperatura refrescante con leve brisa invernal de por medio- quedaron congelados contemplando el tremendo disco negro rodeado de aureolas siderales.
Los cipotes se abrazaron a sus madres y sintieron una cosquillita en el estómago, mientras Don Pedrito, desde su mecedora, seguía lanzando vehementes exhortaciones. Los cipotes y sus madres -presos de la magia del espectáculo astral- caminaron hasta la mitad del patio, entrando poco a poco en aquel éxtasis único e irrepetible, perdiéndose -entre la lejanía de la desatención- los regaños y más regaños del abuelo hacia su descendencia.
El locutor tomó de nuevo su papel de orientador y dijo: “En un minuto, todo habrá terminado y será extremadamente peligroso verlo, pues la pupila -que ahora se encuentra dilatada- no podrá resistir el impacto del rayo solar”. La Rosario y la Concepción hicieron caso y entraron al cuarto, junto con los cipotes. Uno de ellos dijo al aire: “Ya ve, abuelito, que no nos pasó nada. ¡Abuelito...! ¿Abuelito...?”.
Dirigieron su visión hacia la mecedora vacía que se balanceaba entre la oscuridad del cuarto, mientras la cuenta regresiva de la televisión se acercaba al momento en que aparecería de nuevo el anillo de diamantes. Un escurridizo rayo solar se escaparía por entre la radiante luna negra que -por primera y última vez- era atrapada por la curiosa vista del anciano-niño, quien contemplaba -boquiabierto y a media calle- aquel último instante.

SUMMA THEOLOGICA


Álvaro Menen Desleal

(Cuestión LXV, Artículo XVIII)

Si el ángel sufre molestias con los sputniks

Dificultades: Parece que el ángel no sufre molestias con los sputniks ni con los cohetes espaciales.

1. El Aquinata prueba que, puesto que el ángel no es cuerpo, ergo angelus non est in loco: luego el ángel no está en su lugar.

El sputnik y otros cuerpos espaciales lanzados por el hombre, ocupan un lugar en el espacio. Mas como ocupar sitio no puede convenir al ángel, puesto que su sustancia está exenta de cantidad, el ángel no sufre molestia alguna con el paso del sputnik.

2. El filósofo dice que el movimiento es acto imperfecto. Los sputniks y los cohetes espaciales se mueven a gran velocidad, sujetos al principio de que “cuanto más grande es la fuerza del motor y menor la resistencia del móvil, mayor es la velocidad del movimiento”.

POR OTRA PARTE, Tomás dice que la virtud con que el ángel se mueve a sí mismo excede sin comparación a las fuerzas que se mueven a un cuerpo. Si, pues –agrega- , todo cuerpo para moverse requiere tiempo, el ángel se mueve en un instante.

Soluciones:

1. Si, por propia naturaleza divina, el ángel no ocupa un sitio, mal podría un objeto material causarle sufrimiento alguno.

2. Pero si, por cualquier razón desconocida para el entendimiento humano, llegara a ver el ángel que un sputnik amenaza en su trayectoria con causarle daño, bien puede apartarse antes de que el objeto espacial lo alcance, pues que se mueve en un instante, “Además la velocidad del movimiento del ángel no depende la cantidad de su virtud, sino de la determinación de su voluntad”. Es de presumir que, si mira venir un proyectil espacial, la voluntad del ángel estaría dispuesta a reaccionar convenientemente, tal como la urgencia del caso lo demanda, por lo que tampoco sufriría nada.

(De: “La ilustre familia androide”)

lunes 16 de junio de 2008

TEORÍA PARA MORIR INÉDITO



Ricardo Castrorrivas

El médico dijo: “Señores: este gran hombre ha muerto de miedo. Su corazón no pudo soportar quién sabe qué terror desconocido…”. Y se marchó dejando estupefactos a los familiares de Lord Windsor, quienes se preguntaban: “¿Cómo es posible que Edward haya muerto de miedo?”. “Es inconcebible –decía Lady Withehouse-, él sabía de memoria los cuentos terribles de Poe y los relataba en noches de tormenta sin inmutarse”.
“Cierto –apuntaba Sir Wellwe-, precisamente él fue quien un martes trece, a medianoche, me invitó al cementerio para leer poemas, alumbrados por una vela que había traído de Haití”.
“Ciertísimo –reafirmaba Lady Windsor-. Y es por eso que no puedo creer que haya muerto de miedo. El mismo instaló en la mansión de Lancaster los artefactos diabólicos que hacía funcionar cuanto teníamos de visita a las histéricas hijas de Lord Winston…”.
“Sí, cierto –afirmaban una vez más todos los presentes-, Edward era valiente; de eso no debe cabernos ninguna duda… Jamás conoció el miedo…”.
Horas más tarde, cuando limpiaba el escritorio de su amo, el viejo sirviente negro encontró unas cuartillas inconclusas, que comenzaban así:”Cuentos de terror, por Lord Windsor…”.

LA CIUDAD Y UN FÓSFORO



Ricardo Lindo

En un punto del desierto hay una ciudad de espejos. Los espejos son tan pequeños y están distribuidos de tal modo, que basta encender un fósforo para que la ciudad resulte profusamente iluminada. La noche más oscura desaparece bajo el poder de un fósforo.
Hay caravanas enteras enceguecidas al encontrar la ciudad a pleno sol. Caminaron al azar, tanto más tenebrosas por dentro cuanto mayor era la claridad a su alrededor, hasta ser devoradas por las mudas extensiones de arena.
Esta ciudad es un cuento.

LA LLAVE DE USULUTÁN



T.P. Mechín

Aquella fue una marcha triunfal! Baste saber que se trataba de un viaje presidencial…
¡Cómo aman estos pueblos a sus presidentes!
Lo que voy a referir ocurría el año de gracia de 1912.
El doctor Araujo, con lucido acompañamiento se trasladaba a San Miguel, a fin de inaugurar por la tercera o cuarta vez el famosísimo ferrocarril de La Unión. (Como cada pedazo de esa vía… CRUCIS nos cuesta un ojo de la cara, nos gastamos el otro en inaugurarlo cada cinco años. Ciegos ya, de nada nos damos cuenta y… ¡a vivir!).

Yo iba en mi calidad de Subsecretario de Fomento, con la altísima misión de pronunciar “el discurso oficial”.
El aprieto era grande. Mis dotes como orador son negativas, que ya las había tanteado en la fiesta de la entrega de los despachos, al terminar mi carrera el año 97, allá en la capital de Alcarria, cuando contesté conmovido las frases especiales que amabilísimo me dedicó el coronel a guisa de último adiós. A trompicones solté unos cuantos períodos deshilvanados, sudando a chorros a pesar del frío, y al terminar mi perorata entre aplausos desganados –por añadir palmoteados con guantes- alcancé a oír comentarios como éstos: … “Se que el pobre está emocionado…” ; “Sí… la falta de costumbre…”; y por último, un sota o teniente profesor, que siempre me había sido antipático y que acababa de darme la alternativa tomando una copa conmigo y llamándome de tú, dijo así: “Por lo visto la Oratoria no ha pisado todavía las tierras de la ex virgen América.
En aquel momento yo hubiera querido ser Mendieta: ¡aunque fuera Bermúdez! Juro que Morera de la Vall y Rodón –así se llamaba el Teniente- no habría dicho semejante cosa…
Pero ya me aparté mucho del viaje de mi cuento.
Aquí en la capital tracé las líneas generales de mi pieza oratoria. Apenas me quedan recuerdos muy vagos… Hablaba del progreso y de los beneficios de la Paz -¿cómo no?-; de las paralelas de acero (léase carriles); del tozudo Stephenson, el padre de esos “monstruos que vomitan humo, dragones de la noche…” Voy creyendo que sin querer había plagiado “El Tren Expreso” de Campoamor. Sin querer: entiéndase bien.
¿Quién dijo que aquí no hay oradores? ¿Morera de la Vall? ¡Infeliz!
En Apopa comenzaron los discursos. Allí esperaba el pueblo soberano, congregado de orden superior, para vitorear a su gobernante.
El gobierno llevaba un buen surtido de oradores, pero allá por Armenia, -esa Armenia de mis pecados- ya se nos habían agotado y empezó el segundo turno. No hubo estación ni apeadero sin ovación, ni ovación sin oradores: creo que hubo discursos hasta en el Malpáis.
¡Cómo aman estos pueblos a sus presidentes!
Lo peor fue que casi todos los oradores me robaban mis ideas. “Las paralelas de acero”, “el rugir del monstruo”, lo del “heraldo del progreso” y otras bellezas semejantes, todo se lo decían aquellos condenados. ¿Y qué me dejan a mí, pensaba yo desconsolado?
Compadecido el General Batres, me proporcionó un librito titulado Manual del perfecto orador, que él llevaba a buen recaudo y por si acaso, pero no salí de apuros: allí estaban también las mismas paralelas, el eterno monstruo y el consabido heraldo.
No abusaré de ti, lector discreto. Te haré gracia del embarque en Acajutla y del episodio tragicómico ocurrido en el muelle, así como de la pésima noche de abordo, pasada en vilo, sin más novedad que las bofetadas que un pasajero gringo le atizó a cierto periodista criollo, quien ya calamocano se equivocó de camarote y estaba empeñado en acostarse con la cara mitad de aquel chele descomunal y malas pulgas.
En La Unión hubo que desembarcar a cochino. Allí hubiéramos deseado a Sansón o a San Cristóbal!
Mi criado se había evaporado. Al fin lo hallé, borracho perdido, ya muy entrada la noche, y apenas pude conseguir una camilla de soldado para recostar mi venerable humanidad. A pesar de ello dormí como un tronco, gracias al sueño atrasado.

Temprano de la mañana pedí prestada una máquina de escribir y elaboré un nuevo discurso.
En el puerto no tuvimos más que un disgusto: la cuenta de Asisclo, nuestro Comodoro o Almirante, quien abandonando el puente del vapor “Santa Ana”, que se mecía inútil, feliz y empavesado sobre las plateadas ondas, se había convertido en hostelero. Este hombrecillo pretendía no sé cuantos miles de duros por una malísima comida; pero nuestro gobierno, honrado por casualidad, se negó rotundamente a quebrar y emplazó al Almirante para el día del Juicio. Como ustedes ven, nuestra honradez era relativa: completamente nacional.

¡Y San Miguel!
Después de un viaje atroz de varias horas, el que hicimos en calidad de mercancías, amontonados en unas plataformas arregladas ad hoc, llegamos a la metrópoli de Oriente, la aristocrática ciudad de los Guzmanes y Santines.

¡Qué gentío y qué polvareda!
Bajo un sol de patente, poco antes del mediodía, empezaron los discursos de cajón. Rompió el fuego la primera autoridad del departamento. Comenzó hablándonos del capitán don Luis de Moscoso, fundador de la Ciudad.
Yo no oía bien porque a hurtadillas repasaba mi discurso, el que según mis cuentas debía de seguir. (No llevábamos Jefe del Protocolo, pero aunque lo lleváramos de nada sirviera).
De vez en cuando me parecía escuchar las palabras “paralelas”, “rugir del monstruo”, y hasta el nombre del pobre Stephenson. Me tenía sin cuidado porque ya había renunciado a todo eso: mis ideas eran nuevas y fresquitas.

Ocurrencia genial, el Gobernador había mandado hacer dos llaves de palo, doradas, por el modelo de las que le cuelgan a San Pedro, y al terminar su salutación se las entregó al Presidente, diciéndole que eran las de la ciudad. (Yo creo que el doctor Araujo habría preferido un vaso de agua).
El doctor López G. Contestó en nombre del Jefe del Estado: la moda es vieja.
¡Paciencia, Dios mío!
Pero demonio: ¿qué era aquello? ¿Cómo había hecho el doctor López para robarme mi discurso? ¡Si estaba diciendo lo mismito que yo había discurrido la víspera en La Unión! ¿Quién sería el traidor?
Ay… ¡No había robo ni traidores…! Una infeliz coincidencia nada más.
Cogí el lápiz y taché varios párrafos de mi discurso, que se redujo a la mínima expresión, con poco disgusto mío y gran regocijo del público. ¡Digo!...
Mi turno llegó. Con el sol en el zenit, cincuenta grados de calor y la tribuna bañada en luz, solté de prisa y más que corriendo los relieves del discurso oficial. Recuerdo haber dicho que “los pueblos no son grandes por su territorio sino por su amor a la Justicia, y su respeto al derecho”. (Bien).
Nadie me oyó, pero me aplaudieron. (Ventajas de la concisión, señores).
El inmenso gentío se desbandó. Sólo había un carricoche para el señor Presidente, quien imitando a Alejandro –no Gómez sino el macedonio- lo rechazó discreto, ofreciéndolo galante a las señoras más veteranas.
Y es que en San Miguel no había coches, gracias a la ocurrencia del alcalde que mandó empedrar las calles en forma de tumbos. (Al menos eso nos decían los migueleños cada cinco minutos).
No me entretendré hablando de la espléndida recepción, de aquel banquete interminable, de los agasajos y comodidades, ni de las suntuosas fiestas, como la comida con señoras –de doscientos cubiertos- ni del gran baile en el Casino, ni del archisimpático Max. Haltmayer, inmortalizado ya por Zamacois, por que tengo prisa de llegar a Usulután.
Lleguemos…
En Santa Elena, el Cura nos tenía preparado un excelente desayuno –era ya el segundo- y llegamos a Usulután bien entrada la mañana. Recepción igual, esplendida.
¡Cómo aman los pueblos a sus presidentes!
Fuimos recibidos en la mejor casa por la mejor gente del mundo. Un grupo selecto de bellas señoritas, vestidas de blanco, nos sirvió un desayuno -¡el tercero!- apetitoso fuera de toda ponderación. ¿Qué primores no había allí? Todo lo que es delicado; todo cuanto hay de rico y de exquisito; todo lo que entra por los ojos y regala el paladar…
Aquella mesa estaba cubierta de primores.

“Y de cuanta invención el arte engendra.
Como las ricas tártaras de almendra…”

¿Menospreciar aquello? ¡Imposible! Logramos hacer un rinconcito, y rendimos los honores a tanta gentileza.

“Nunca fuera caballero…
De damas tan bien servido”.
………………
Pasaré por alto otros discursos; el almuerzo, emuló lo del desayuno; la siesta, y la comida, opípara por supuesto.
Llegó la noche.

El doctor Araujo recibía en la sala los homenajes de sus conciudadanos y tomaba sorbos de café para digerir mejor tanta lisonja.
Una de las señoritas de la casa me llamó aparte, y me entregó la llave del zaguán “por si deseábamos salir y regresábamos tarde”.
La llavecita tendría como un pie de largo y pesaba alrededor de cinco libras. Rendí las gracias y traté de acomodarme aquel llavín. !Esfuerzo vano! Ni en el bolsillo del revólver, ni en los de la americana ni en parte alguna cabía aquella prenda.
Y recordando la ceremonia de San Miguel, tuve una idea.
Fui a la sala en busca del doctor Araujo, que yacía cabizbajo, prisionero entre dos “tábanos”.
-Con permiso, señores. (Me dirigía a los tábanos, que eran los dueños del presidente).
-Doctor Araujo; por una equivocación me han dado a mí esta llave. Supongo que es la de Usulután, y aquí se la entrego –le dije al par que sostenía en ambas manos la obra maestra de la cerrajería colonial.
Don Manuel celebró la broma, pero en un aparte que por pura casualidad pude tener con él a otro día, me dijo que “dejara las bromitas para cuando no hubiera gente delante”.
Con los presidentes no hay que gastar bromas…
Ni veras tampoco.

Diciembre de 1921.

FIJACIÓN



José Luis Ayala García

Emigró cuando tenía veinticinco años, pero nunca pudo vivir lejos de Santa Anita. Llevaba en su mente regresiva el olor a aserrín con cerveza de los salones, las puteadas de los hombres en las esquinas, las camisetas agujereadas de los vendedores en la tienda, el trepidar de las motocicletas, las excursiones a Los Blancos, el olor a fierro y pintura de los talleres de mecánica, las noches en los billares, los amores furtivos y apurados entre los breñales, las trifulcas de los sábados, el olor a diablo que traía el viento desde las coheterías, la difamación de las señoras casadas, el sabor de los helados siberianos, la fetidez de los dedos de los peluqueros, las canciones del trío Los Ases, el alquitrán de los postes de alumbrado público, las discusiones pueriles y soeces de las viejas en los mesones, las fiestas encantadoras y bayuncas, los rezos al Corazón de Jesús, los bíceps de muchachos narcisistas y los pasos de cha cha chá.
Era un amor pérfido y resistente que no cedió al tiempo ni a la distancia. Recóndito y rapaz, que le asaltaba sin anuncio ni motivo. Lo tuvo sofrenado hasta que murió su mujer, cuando se desbordó con ímpetu diluviano… o con la euforia de los presos liberados. Entonces dejó todo cuanto tenía y se vino desde donde estaba.
Al llegar sólo encontró caras extrañas. Preguntó por los suyos y nadie les conocía… ni recordaba. Buscó los antiguos lugares, sin poder encontrarlos. Entonces cayó en la cuenta de que se había extraviado y que tendría que recorrer de nuevo el tiempo y el espacio.
Pero estaba muy cansado… muy cansado para volver a caminar. Cuando sus nietos dieron con él, lo encontraron bailando en una esquina y se lo llevaron con su barrio dentro, del cual no partiría nunca más-

DEL INFIERNO O DEL CIELO



A Christiane, la pequeña hechicera rubia de Lausanne

Mario Hernández-Aguirre

En Verbel, diminuta ciudad llena de ruinas que se levanta con su curiosa arquitectura a orillas del Infipar, vivía un hombre en un viejo caserón, construido sobre la ladera que domina el camino. Como todo el resto de los vecinos, era un hombre absolutamente normal: cumplidor de sus deberes, observador de las jerarquías, y, tal vez, un poco misántropo. Silencioso.
Durante el verano, cuando las aguas del río corren más límpidas y el sol dora los sembrados, murió Dionisia. La mujer que amaba.
Se le vio entonces abandonarse a largos paseos a la orilla del río. Le precedía su hermoso perro blanco que moviendo la cola, lo esperaba a la sombra de los árboles.
Los campesinos se acostumbraron a encontrarlo a las más altas horas de la noche, con una oscura y delgada capa protegiéndose de los vientos invernales; y, para todos los caminantes nocturnos no era ninguna sorpresa contemplar la ventana iluminada en la cima de la cresta que domina el paisaje.
Al volver el verano, bajó al río, siempre acompañado de su perro, y habló al agua, al viento, al cielo y al infierno, con su bienamada.
Escuchó la sonrisa del río, que en esa época corre límpido y cristalino, y también a una alondra que cantó en los árboles cercanos.
Entonces la vio. Pasó su mano temblorosa sobre aquella hermosa cabellera oscura que tanto había amado, y, sumergiendo sus ojos en los ojos de ella, quedó embelesado por el canto de la alondra.
Cuando el canto cesó, sintió las manos cansadas y un viento frío que venía del bosque.
Regresó, y todo en el pueblo había cambiado: las gentes, las casas, las calles, las torres.
Se acercó al jardín de la Iglesia en donde crecía la hierba y el musgo. En una plancha de mármol, ya astillada y rodeada de espinos, contempló la escultura de Dionisia, representando a Eva. En la mano derecha apoyaba la cabeza, y con la otra tenía la manzana. En la mejilla izquierda, se deslizaba una lágrima.
Sintió que habían pasado mil años entre su salida hacia el río y el regreso. De golpe se convirtió, entonces, en un montón de cenizas que quedaron frente al mármol y los espinos.
El perro blanco, salió del jardín moviendo la cola, y mirando hacia las nubes azules que pasaban encima de los árboles.

LA FAMA



Edgardo Alfonso Montoya

Siempre lo había ansiado. Desde pequeño soñaba con llegar a ser tan famoso en cualquier arte de la vida; tan famoso que las personas de su pueblo tendrían que saludarlo con la sonrisa en la mano; tan famoso que a su regreso al pueblo tendrían que ir a recibirlo las autoridades civiles, eclesiásticas, etc.
Aquel día partió hacia la capital en busca de la fama. Dejar el pueblo era para él dejar el pasado, abandonar la quietud a que se vio sometido por la tristeza imperante en la comarca.
Abordó la única camioneta que llegaba hasta ahí una vez por mes en recorrido, y partió, perdiéndose entre el ruido producido por la madera vieja y crujiente de la camioneta…
El cura, el alcalde del pueblo, el comandante militar, personas cultas que lo apreciaron mucho y la mayor parte de los habitantes del pueblo se encaminaron a la entrada del pueblo para recibirlo aquella tarde que volvía. También iba la pequeña banda de músicos. Los alumnos de la única escuela que había en la comarca formaron valla para que pasara él por en medio de ella. Todos lo recibieron aquella tarde que volvía. La banda empezó a tocar, cuando empezaban a caminar los pasos hacia el pueblo.
¡Al fin lo había logrado! ¡Al fin!
Bien se notaba entre los que presidían el recibimiento a la llegada de él, al señor cura, al señor alcalde y al señor comandante militar.
El pueblo casi entero había acudido a recibirlo. Todos querían verlo, apreciarlo de cerca mientras la marcha continuaba. Todos querían acercársele, verlo, tocarlo, sentirlo…
¡Al fin, al fin, al fin!
Cuando la marcha se hubo detenido serían ya como las cinco de la tarde. El habría llegado al pueblo como a eso de las tres. Dos horas pues, habría durado todo entre el recibimiento, la misa que ofició el padre y algunos minutos que lo tuvieron en la alcaldía del pueblo.
Fue hasta entonces, cuando la marcha se hubo detenido, que todos pudieron acercársele, verlo y algunos tocarlo por algunos instantes.
A todo esto, serían como las 5 y 30 de la tarde y una leve llovizna empezaba a salpicar a los presentes haciéndoles buscar el camino de sus casas.
Todos querían despedirse. El señor cura se apresuró a decir unas palabras. El señor alcalde y el comandante corrían a guarecerse a medida que la lluvia arreciaba.

Cuando el reloj del pueblo lanzó 6 angustiosos quejidos, sólo estaba un hombre junto a él.
Este tomó la pala, removió la tierra lanzando hacia la helada fosa las paladas, cubriendo así el féretro de aquel que partió un día en busca de fama…

martes 10 de junio de 2008

LA PETACA


Salarrué

Era pálida como la hoja-mariposa; bonita y triste como la virgen de palo que hace con las manos el bendito; sus ojos eran como dos grandes lágrimas congeladas; su boca, como no se había hecho para el beso, no tenía labios, era una boca para llorar; sobre los hombros cargaba una joroba que terminaba en punto. La llamaban la peche María.

En el rancho eran cuatro: Tules, el tata; la Chón su mama, y el robusto hermano Lencho. Siempre María estaba un grado abajo de los suyos. Cuando todos estaban serios, ella estaba llorando; cuando todos sonreían, ella estaba seria; cuando todos reían, ella sonreía; no rió nunca. Servía para buscar huevos, para lavar trastes, para hacer rir ...
-¡Quitá diay, si no querés que te raje la petaca!
-¡Peche, vos quizás sos lhija el cerro!
Tules decía:
-Esta indizuela no es feya; en veces mentran ganas de volarle la petaca, ¡diún corvazo!
Ella lo miraba y pasaba de uno a otro rincón, doblada de lado la cabecita, meciendo su cuerpecito endeble, como si se arrastrara. Se arrimaba al baul, y con un dedito se estaba alli sobando manchitas, o sentada en la cuca, se estaba ispiando por un hoyo de la paré a los que pasaban por el camino.Tenían en el rancho un espejito ñublado del tamaño de un colón y ella no se pudo ver nunca la joroba, pero sentía que algo le pesaba en las espaldas, un cuenterete que le hacía poner cabeza de tortuga y que le encaramaba los brazos; la petaca.

* * *
Tules la llevó un día onde el sobador.
-Léi traido para ver si usté le quita la puya. Pueda ser que una sobada ...
-Hay que hacer perimentos defíciles, vos, pero si me la dejás unos ocho días, te la sano todo lo posible.
Tules le dijo que se quedara.
Ella se jaló de las mangas del tata; no se quería quedar en la casa del sobador y es que era la primera vez que salía lejos, y que estaba con un extraño.
-¡Papa, paíto, ayeveme, no me deje!
-Ai tate, te digo; vuá venir por vos el lunes.
El sobador la amarró con sus manos huesudas.
-¡Andáte ligero, te la vuá tener!
El tata se fué a la carrera.
El sobador se estuvo acorralándola por los rincones, para que no se saliera.
Llegaba la noche y cantaban gallos desconocidos. Moqueó toda la noche. El sobador vido quéra chula.
-Yo se la sobo; ¡Aju! -Pensaba y reiba en silencio.
Serían las doce, cuando el sobador se le arrimó y le dijo que se desnudara, que liba a dar una primera sobada. Ella no quiso y lloró más duro. Entonces el indio la trincó a la juerza, tapándole la boca con la mano y la dobló sobre la cama.
-¡Papa, papita! ...Contestaban las ruedas de las carretas noctámbulas, en los baches del lejano camino.

* * *
El lunes llegó Tules, la María se le presentó gimiendo ... El sobador no estaba.
-¿Tizo la peración, vos?
-Si, papa ...
-¿Te dolió, vos?
-Si, papa ...
-Pero yo no veo que se te rebaje ...
-Dice que se me vir bajando poco a poco ...
Cuando el sobador llegó, Tules le preguntó cómo iba la cosa.
-Pues, va bien -Le dijo -Solo quiay que esperarse unos meses. Tiene quirsele bajando poco a poco.
El sobador, viendo que Tules se la llevaba, le dijo que por qué no la dejaba otro tiempito, para más seguridá; pero Tules no quiso, porque la peche le hacía en el rancho.
Mientra el papa esperaba en la tranquera del camino, el sobador le dió la última sobada a la niña.
Seis meses después, una cosa rara se fué manifestando en la peche María.
La joroba se le estaba bajando a la barriga. Le fué creciendo día a día de un modo escandaloso, pero parecía como si la de la espalda no bajara gran cosa.
-¡Hombré! -dijo un día Tules-, esta babosa tá embarazada!
-¡Gran poder de Dios! -dijo la nana.-¿Como jué la peración que tizo el sobador, vos?
Ella explicó gráficamente.
-¡Aijuesesentamil! -rugió Tules- ¡Mianimo ir a volarle la cabeza!
Pero pasaba el tiempo de ley, y la peche no se desocupaba.
La partera, que había llegado para el caso, uservó que la niña se ponía más amarilla, tan amariya, que se taba poniendo verde. Entonces diagnosticó de nuevo.
-Esta lo que tiene es fiebre pútrida, manchada con aigre de corredor.
-¿Eee? ...-Mesmamente; hay que darle una güena fregada, con tusas empapadas en aceiteloroco, y untadas con kakevaca.
Así lo hicieron. Todo un día pasó apagándose; gemía.Tenían que estarla voltíando diun lado a otro. No podía estar boca arriba, por la petaca; ni boca abajo, por la barriga.
En la noche se murió.
Amaneció tendida de lado, en la cama que habían jalado al centro del rancho. Estaba entre cuatro candelas. Las comadres decían:
-Pobre; tan güena quera; ¡Ni se sentía la indizuela, de mancita!
-¡Una santa! Si hasta, mirá, es meramente una cruz!
Más que cruz, hacía una equis, con la linea de su cuerpo y la de las petacas.
Le pusieron una coronita de siemprevivas. Estaba como en un sueño profundo; y es que ella siempre estuvo un grado abajo de los suyos; cuando todos se estaban riendo, ella sonreía; cuando todos sonreían, ella estaba seria; cuando todos estaban serios, ella lloraba; y ahora que ellos estaban llorando, ella no tuvo más remedio que estar muerta.

Salarrué(Salvador Salazar Arrué, 1899 - 1975)Cuentos de Barro

sábado 7 de junio de 2008

A Lilo Cabrero lo vieron tristón



Lilo Cabrero estaba sentado en un andén। Pero Lilo vendía chicles y cantaba para no aburrirse, para no ser triste.
-Esta sentado /San Pedro en el sol/ con el calzón roto…
Y una seño que mirusqueaba por la ventana arreglándose los ganchos sandinos, con tal de dejarse ver por la cuadra fue a platicarle. Lilo calló.
-¿Qué te pasa niño? ¿Y tu mamá? ¿Por qué andás así por aquí todo triste?
Lilo miró para el cielo que casi se le tiraba, y ahí vio la cara de la señorita que estaba chula y huelía a perfume. Bajó los ojos y se puso a darle vuelta a una cajuela.
-¿Niño?¡Ay Dios que le sacaba platica! Lilo era recontramudo con la gente que se le ponía de muy así estirad y llorosa, aún creía en el derecho que es derecho, pero esta señora se veía alegre y como en la alegría no hay limítrofes de calzón ¡Chas! Que sonrie y suelta la cajuela.
-¿Y tu mamá?
-Allá en la casa.
-Vení te voy a dar una espumilla.
Lilo Cabrero se paró con la mano de la señorita en su hombro y se compuso una risa cholca que pedía socorro de simple por tanto tragar saliva.
Al entrar vió un zapato negro y brillante que como que era de charol.
-Que bonito zapato. Se ve bueno
-Si, se ve bueno. Se le perdió el otro a mi papá y ahí está.
-¡Ah! ¿Y no lo ocupa?
-¡No!
-Me lo da
-Si querés.Y risotada que hicieron los ojos, Lilo se comió la espumilla, y con un Dios se lo pague se despidió de la señorita chula no sin antes pensar que si la señorita le hacía la espera más allacito se casaba con ella.
Al ir por la calle se miró los pies chuñas, las piedras, la basura y los tragantes podridos. ¡Fum! Pasó un camión arenero salpicando con su carga. El radiopatrulla se miraba rondineando al otro lado del barranco, se agarraba de juguete. En las champas a la orilla del boulevard tenían cerrado por el ventarrón que apuñaba ojos.
Lilo Cabrero caminaba. Iiii caminaba. “Yo me lo trabo”, pensó y ya lo tenía puesto. Dejó ir una miradita para el otro lado del barranco, imaginandose que por ahí a lo mejor lo encontraba. Apachó un ojo para comerse la mitad de la tristeza, era como si a este, lado las champas, luego el río, y para aquel las casotas.
Así que no abrió el ojo, y aunque le quedaba Aladino, se vio el zapato a la medida. Y ¡Jilín! Salió para su casa, pescueseando como lagartija, así de serñor de reloj, banco, perfume, carros y amantes.
El tufo del río le pareció flor, el color del sol sobre aquel lodo: miel y oro.“!Chivo!” Li lo Cabrero se había contagiado con la alegría de la seño.
Llegó a la champa y la mamá que chinchineaba a un cipote prendido de su pecho mientras espulgaba la cabeza de una niña, lo ojió de luceada de reflector.
-Ve. ¿Y dónde has andando?
Lilo se calló pelando los dientes. Remigio el que lo sigue soltó una tela con lodo que andaba levantando con una varilla de paraguas para jugar de desfile. Y se le acercó al chile señalandole el zapato.
-Mire el Lilo mamá. Anda de vieja pícara.
-Ve que bicho –dijo la señora detanando en sus uñas un piojo- Ya te toca ir a vender a la estación.
Remigio le acercó la cajita con chicles y mentas y Lilo se hizo el loco. Andaba de viaje en OVNI. Se había ido hasta por Guazapa a las tierras de don Julián, a donde vivieron en la misma champa de ahora, que se la trajeron junto con el pato y el candil. No la pudo imaginar pues tenía el ojo pacho, ni aún teniendola enfrente.
-Alcanzame el pañal, que ya se durmió el niño, y andá quitate eso.
-¡Mamá! El reparto
Remigio colocó la caja en la mesa, avisó, y nervioso desequilibró a Lilo que andaba de viaje, haciendole chulear los ojos.
-¡Chist! Ya se llenó de mierda el zapato.
Toda la gente del champerío se aglomeró agitada ahí por la casa comunal. La mamá acostó al cipotío y jaló a los otros para el reparto. El Lilo se quedó un rato limpiando el zapato con tejo y choyandolo en el zacate.
El reparto que se desmoronaba por las tormentas y el desempleo venía representada por Perlita del Manantial. traía enfermeras y víveres.
Los hacían llenar los dedos de tinta y marcarlo en una papeleta para afirmar que se sentían satisfechos con la organización, luego daban la bolsada con arroz de miga, maiz y leche en polvo descremada.
Lilo Cabrero se limpió las manos en el ruedo y volvió a meterse el zapato con ganas de tirarle de patadas al excremento del chucho, seguro que el de Gonzalo, el de la par, que estudiaba en la universidad porque era de la policía especial y se cochaba con la policía universitaria.
-¡Hijo! La seño del zapato.
Perlita del Manantial ya sin los ganchos sandinos repartía viveres y sonrisas, y a cada bolsada una foto. ¡Clachk! ¡Clachk! Otra. La mayoría de fotos las mandarían al periódico.
Sin tristeza que estaba, Lilo la miraba todo apagado como cuando miraba el reloj en la torre del parque de Guazapa, como la vez que vió pasar tanques y soldados a la guerra contra aquel ejercito de estudiantes que venían de gritos y cuadernos por la Veinticinco, como cuando la hija de la Chenta tortillera jugando mica se le apretó con besito y salió corriendo con su travesura. Puso así, piquetero el zapato y atortujado fue a saludarla.
-Señora… ¿Cuántos son?
-Seis pero él ha ido a los cortes. Sólo cinco, señorita.
Perlita del Manantial le acercó la tinta y la papeleta. Lilo corrió y se arrimó a la mamá, con el ombligo retorcido que era una brasita deslizada por el esófago frío después del sorbete. Corrió encogiendo el pie con el zapato y risueño para que lo viera.
Nacas de verlo. Apachó el ojo, y Perlita ni se mosqueó.
Que bién se sentía con el ojo pacho pero para Perlita era igual, ni se acordaba, era como salir en las páginas sociales y ni trazas de recordar lo que habían platicado. Lilo se sintió triste.
-Pasen allá ¡Jujú!
¡Clachk! Foto. Risa. Bolsa. Clachk! Foto. Risas. ¡Clachk! Las enfermeras con jeringas en la mano cantaban y se movían como hadas, como cascabeles en celo.
-A la víbora víbora de la mar
Por aquí puede pasar,
El de adelante pasará/ y el de atrás se quedará.
¡Tras y tras y tras y tras!
A cada uno lo vacunaba y ¡pich! Vacunadota. Lilo venía en la cola detrás de su mamá.
-Pase el otro
-Yo quizá no, seño.
-Vacunarse es por su bien
-Si me obligan, me echo limón, mucho duele.
Lilo con el ojo pacho asintió a la mamá instandola con la mirada para que se vacunara.
Remigio y la niña iban secando con las pestañas una lagrimita negra y sobándose el brazo.
-Señorita, ¡Por favor!
Y soltó la mamá de Lilo su diccionario de suplicas. La enfermera hervía algunas jeringas. Lilo huelía que por un pelono se ponían en juego las puteadas.
-¿Qué pasa aquí, enfermera? –Preguntó Perlita del Manantial
-Que esta señora no quiere vacunarse y que si la obligan se hecha limón.
Las otras angelitas palomas de algodón y eter, seguían enchutando agujas.
-Bueno, vamos a ver.
Perlita sobó sus labios, sacudió las uñas y se tronó los dedos mientras fruncía el ceño.
-¡Y los campesinos! ¿Qué hubieran dicho?
Se entrometió la enfermera en aquel silencio.
-Esos no leen. Bueno, dejeme pensar.
Si se dio ración de seis, se necesita de seis. Bien. Se puede prescindir del muchachito.
-Gracias niña- se abalanzó la mamá de Lilo haciendo un bendito alabado sea el Santísimo y poniéndole ojos de gratitud.
-pongase la vacuna, le hará bien. Si no duele. Ya va ver que le van a dar el ejemplo.
Lilo con su ojo pacho oía chantes y caida de agua sobre las piedras. Notas iridiscentes que tallaban un cristal en forma de rastrillo hasta limpiar entero de hierbas el espacio.
Se agachó y limpiandose los zapatos, con la boca temblorosa y húmeda se ofreció como voluntario. Más de un cincuenta por ciento inclinado para ser visto y reconocido por la seño.
Bien que se podía la cara de los que peregrinaban y de rodillas por todo Guazapa se arrastraban hasta el santuario para pagar su promesa.
-Pongan toalla.
-Los delantales.
O la cara de los nazarenos en la procesión del centro, de los viejos que llevaban su candela.
-“Venid pecadoresVenid con la cruz,A adorar la sangreDe mi buen Jesús”.Y así la puso pues. Perlita del Manantial le sonrió sin conocerlo, y Lilo se fue a las nubes. Se acercó a la enfermera y puso por delante su pie con el zapato.
-¡Ah! Hola niño, sos el que estaba triste en el andén de por la casa.
-Si
-¿Y qué tal?
-Bien.
Y dio la vuelta Perlita a lavarse la boca, el rostro y las manos.
-Vamos a ver –dijo la enfermera.
Masajió con un algodoncito, apretó el brazo, agarrando impulso le ensartó la aguja.
Lilo encogió el pecho y cerró el otro ojo.
La mamá fue a contemplar a los otros cipotes.
El ventarrón azotó un su poco. Viajaba del cerro al volcán. Vibraron las laminas y los cartones, algunos rozos de ladrillos cayeron, y el airecito apretó los ojos a la calavera de Lilo. La luz no fue más que una plasta de huevo estrellado con tomate y canela. Ya no había división de que aquí las champas y allá las casotas, aquí el zapato y para acá el pie descalzo. No había paisaje, ni era niño. Era como si desde siempre hubiera vivido. Como hubiera querido otra espumilla, otro zapato, y la señorita chula como si nada. Con el recuerdo comía otra, con el recuerdo se hacía el par. Y pensaba cosas con un llanto hondo y callado y deseaba cosas con un llanto hondo y callado y deseaba cosas y hacía friyito. Sintió cosquillas y el pie comenzó a crecerle con todo y zapato. Como de payaso se le volvieron. Perlita del Manantial se pintaba los labios. Chepe chancleta miraba doble y empañado recostado en las graditas de palo y tierra de su champa. Remigio y la niña se iban en la corriente del río. Se detenían por un higuerillo en papelero negro que saboreaba cada centrimetro que se humedecía y regresaban. Vio bien a la Marinita la hija de Pepe diablo, que no se le miraba cerca de seis a seis, quizá por la fábrica, o por la calle Arce puteando. Pálida boqueaba con una sonrisa que chiniaba sus cachetes chapudos de tanta espinilla. Estaban: Chito, la Sonia, Boby, Eugenia y el chivo de Mauro Cangrejo.
Y creció el zapato. Elevó la suela, la alargó, subió el tacón y engordó y en su desarrollo asustaba a las hormigas que andaban de curiosas escondiendose por la arenilla. El zapato de Lilo cabrero se extendió y apachó todo a su paso. Había que destruir el palacio, las plazas, los parques, las iglesias, restaurantes, destruir todo de lo que ellos estaban marginados.
-¡Vaya, vaya!
Ya estuvo, ya estuvo. Así con el algodón. Te la apretás bien. Aquí te lo voy a dejar llenito de alcohol. ¿No duele verdad?
Como que lo succionaba un tragante. Lilo regresaba. Vio con sus ojos apachados a Perlita del Manantial riendo con tamaños colmillos chorreando sangre. A la enfermera chelita chelita con los dientes amenazantes y negros. El zapato en fin de coito, se reducía. Y ya no podía crecer y apartarlas de su vista. Con que amor le vomitaba.La dejaron el algodoncito con alcohol. Lilo Cabrero lo agarró y abrió los ojos.
La mamá, Remigio y la niña regresaron a la hora para la champa. Se repartió a toda la gente y Perlita del Manantial ofreció traerle a los niños a la primera dama de la república con pelotas, sorbetes y dulces.
Lilo cabrero dio vueltas en las calles del champerío, arando con su zapato la basura aquella en cada espacio donde se cagaban las moscas, los cipotes, los cuches, las gallinas y los patos. Hedía con ganas, quien sabe que más que aloja el tuetano de los extraños que lanzan sus miradas cuando pasan por el boulevard.
Se escondía en sombras, palos carcomidos, laminas oxidadas con agujeros y pintura, piedras y trozos de ladrillo para defender del viento, lodo, plásticos, cartones, en humo. Se escondía en sombras y apechugado en las ramas de los pocos árboles estrechaba el tiempo y hacía huequitos en los techos para caer encima del sueño de los hombres.
El volcán se tragaba el sol, las nubes lo jalaban. Lilo cabrero fue llegando a la champa. Remigio y la niña jugaban con otros esperando los frijoles. El tierno chillaba. Las gallinas de más arriba cacaraqueaban.
-Ya venistes? –dijo la mamá de Lilo.
-Ahí está la cajita en la mesa, andá que aún se puede.
-Me duelen las manos –replicó Lilo.
-Pero tenés que ir…
-¿Y si llueve?
-Va a llover hasta para el día de difuntos. Eso si llueve.
-A Remigio ya le tocó. Andá
-¡Quiere! Me duele el brazo…
-¿Para qué andás de ofrecido pues?
Lilo Cabrero que aún llevaba puesto el zapato caminó para atrás y se volvió a llenar.
-¡Chis! Ya me llené de mierda.
Y tiró el zapato a las nubes con temor a que creciera en el aire y los agachara a ellos.
A Lilo Cabrero lo vieron tristón vendiendo chicles y mentas por los andenes de la estación de oriente. Perlita del Manantial estaba en su casa poniéndose los ganchos sandinos. La hija de Pepe diablo se iba para la calle Arce.
Remigio y la niña se encontraron el zapato. Con un palo lo enchutaron y anduvieron de juego y juego con los demás, tirandoselo así todo lleno.
-Remigioooooooo –gritó otra señora.
Los niños salieron corriendo para sus champas. Solo Remigio se quedó atrás con el zapato. Y el zapato aún tenía la influencia de Lilo que se dice magnetizado. Con un tejo lo limpió, y lo escondió por un volcán de ripio.
Camino a la champa iba cuando el zapato a la gran carrera llegó por sus pies chuñas y se ensartó en uno de ellos.
-¡Remigioooo! Apurate o te vergueyo.
¿Cómo dejás que la niña venga sola?
Lilo vendía chicles y cantaba para no aburrirse, para no ser triste.
-Estaba sentado
San Pedro en el sol,
Con el calzón roto
Y de fuera un coyol.
-ñaaaabjubjuñañijñbjñjy- chillaba la niña y el tierno.
Remigio apachó un ojo.
Lilo vendía chicles y cantaba para no aburrirse, para no ser triste.

El río


Salarrué


Un río que caía al mar entre promontorios gigantescos les decía a éstos:

-He vertido mis aguas en esta gran cuenca durante muchas centurias y aún no he logrado colmarla.


FIN

Patas de cabra


Rubén Merino

El rey la encontró una tarde en la entrada de una cueva mientras buscaba el camino para volver a casa. Estaba sentada sobre un roca, ordenando sus largos cabellos dorados. Su belleza lo deslumbró.

De inmediato le propuso matrimonio a la muchacha, quien aceptó sin poner reparos. No sabía quién era esa doncella. En el palacio la presentó como la hija de un amigo de su difunto padre. Su incomparable belleza acalló las preguntas.

Las bodas se consumaron en medio de deseos de larga vida para sus señorías y paz y prosperidad para el reino.

Pero un tiempo más tarde, la tranquilidad que disfrutaban se vio interrumpida; el ejército de un país vecino se preparaba para invadir el territorio. La joven se acercó a su esposo para animarlo y, mientras hablaba con él, le dijo cómo podía ganar la batalla. La contienda duró pocos días, y la concordia volvió a imperar entre los dos pueblos, pues eran ya un solo dominio.

Los atributos de la reina no tardaron en conocerse en la corte y la ciudad. No cabía duda de que la victoria conseguida no sólo era fruto del actuar de su señor.

La envidia que algunos sentían hacia la soberana parió un rumor: la joven era un hada con patas de cabra en vez de pies. La poca claridad sobre su origen reforzaba el comentario. Nadie conocía al amigo del anterior rey.

A los oídos de su majestad llegaron las habladurías. En un principio no les dio crédito, aunque no dejaron de intranquilizarlo. “En realidad —se decía cuando estaba solo— nunca he visto los pies de mi esposa”. Los cotilleos iban en aumento; en la corte no se hablaba de otra cosa y hasta los más fieles servidores hacían comentarios. Poco a poco el monarca comenzó a prestarles atención. Y cuando ya no pudo más, se acercó a su mujer para pedirle que le enseñara sus extremidades. —¿Y para qué me las quieres ver? En todo este tiempo que llevamos de matrimonio nunca habías reparado en ellas.

—Lo sé, pero en la corte hay tantos rumores...

Tras meditar un momento, la reina consintió en mostrarle sus pies, pero con la condición de que no le contara a nadie lo que viera.

La muchacha levantó lentamente la falda de su vestido mientras su esposo observaba sin parpadear.

El monarca se quedó admirado. Luego volvió a su trabajo en silencio. En la corte y en la ciudad, la gente aún continúa contando que la reina tiene patas de cabra.

EL COCODRILO


Álvaro Menen Desleal


Hubo una vez un gran erudito, llamado
Chuang-Tse. Iba a la escuela de Lao-Tse.
Un día se durmió y soñó que era una
mariposa que aleteaba entre los árboles
y las flores del jardín...

“KIN-KU K´ I- KUAN


... Y ahora me examino concienzudamente para ver si soy yo. Porque acabo de despertar de un sueño, y en el sueño no era yo. En el sueño yo era un cocodrilo, un largo, un ominoso cocodrilo tendido en el fango de la ribera, bajo un sol que todo quemaba menos mis duras escamas dorsales. De cuando en cuando bostezaba, y al abrir las fauces inconmensurables relucían mis dientes agudos, formados en filas como soldados en parada, prontos a matar. Yo era un cocodrilo de cabeza oblonga, de cola aplastada, y en el sueño no sabía que era yo quien soñaba.
Desperté y fui de nuevo yo, como antes de soñar; pero ahora que me palpo y me examino, no sé si fui yo quien soñaba ser un cocodrilo, o si es un cocodrilo el que sueña que soy yo.

(De: “El fútbol de los locos y otros cuentos”)

domingo 1 de junio de 2008

La Loba


Francisco Gavidia


Es Cacaotique que modernamente se pronuncia y escribe con toda vulgaridad Cacahuatique, un pueblo encaramado en las montañas de El Salvador, fronterizas a Honduras. Por ahí nació el bravo General don Gerardo Barrios, que, siendo Presidente de la República, más tarde, se hizo en Cacahutique una finca de recreo con dos manzanas de rosales y otras dos de limares, un cafetal que llegó a dar 900 sacos, y una casa como para recibir a la Presidenta, mujer bella y elegante por extremo. Un vasto patio de mezcla, una trilla y una pila de lavar café; una acequia que charlaba día y noche al lado de la tasa, todo construido en la pendiente de una colina, arriba y de modo que se dominaban de allí las planicies, los calles y vericuetos del cafetal cuando se cubría de azahares; la montaña muy cerca en que se veían descender por los caminos, casi perpendiculares, a los leñadores con su haz al hombro; por otro loado, montes. por otro, un trapiche, a tiempos moliendo caña, movido por bueyes que daban la vuelta en torno suyo, a tiempos enfundado en su sudario de bagazo, solitario y silencioso bajo un amate copudo; más allá cerros magníficos, uno de los cuales estaba partido por la mitad; limitando la finca, una hondonada en cuyo abismo se enfurecía un torrente, lanzando ahogados clamores; aire frío, cielo espléndido, y cinco o seis muchachas bonitas en el pueblo; éstos son recuerdos de la infancia.
Mi padre compró la finca a la viuda del Presidente, y dejando a San Miguel vivimos en ella por tres años. Yo tendría entonces unos ocho. Algo más quisiera escribir sobre aquel pueblo, pero no hay tiempo; no dejaré de mencionar, sin embargo, uno de los más soberbios espectáculos que puede verse. Desde la plazoleta del Calvario se ve extenderse un valle de diez o doce leguas de anchura. Por él pasaban otro tiempo, formando selvas de picas, carcajadas al hombro, las huestes innumerables Lempira. En el fondo del valle se ve arrastrarse el Lempa, como un lagarto de plata. En un lado del río, hasta San Miguel, se llamó Tocorrostique; el otro lado, hasta San Miguel, se llamó Chaparrastique. Más allá del valle se extiende el verde plomizo de las selvas de la costa; y más allá como el canto de un disco, la curva azul de acero del Pacífico. Un cielo tempestuoso envuelve con frecuencia en las nieblas de un desecho temporal el gigantesco panorama. Como el valle se extiende hasta el mar, desde el mar vienen aullando los huracanes, por espacio de cincuenta leguas, a azotar los liquidámbares de la montaña de Honduras. Por eso habréis oído decir que alguna vez el viajero que pasa por la altura de Tongolón, desde donde se ven los dos océanos, derribando por el viento furioso, rueda por los precios horribles.
Cacahuatique es un pueblo en que se ve palpablemente la transición del aduar indígena al pueblo cristiano. Los techos pajizos se mezclan a los tejados árabes que adoptó sin restricción nuestra arquitectura colonial. Los cazadores usan la escopeta y la flecha. El vocabulario es una mezcla pintoresca de castellano y lenca, y la teogonía mezcla el catolicismo, el panteísmo pavoroso de las tribus. Todavía recuerdo el terror infantil con que pasaba el viendo al interior de una casucha donde vivía una mujer, de quien se aseguraba que por la noche se hacía cerdo.
Esta idea me intrigaba, cuando al anochecer, iba a conciliar el sueño y veía la cornisa del cancel de la alcoba; cornisa churrigueresca que remedaba andaban por ahí en altas horas. Pensaba también en que podía oír los pasos que se aseguraba que solían sonar en la sala vecina y que algunos atribuían al difunto Presidente. Quitad de este pueblo los tejados árabes, las dos iglesias, los innumerables árboles de mando que se sembraron entre los años 1840 a 1860, importados de la India; quitad las cruces del cementerio, se levita de algodón, bordaba de cinta de lana al alcalde; sus pañolones de seda a las aldeanas descalzas; suprimid los caballos y los bueyes, ya Cacahuatique es lo que era antes de la conquista, con sus ídolos acurrucados en el templo, cuyos flancos ofrecen un intrincado mosaico donde las florescencias y los animales, se mezclan a la figura humana, como el espíritu humano se mezclaba en la sombría filosofía indígena a los brutos, a los árboles y a la roca.
Como hayáis concebido a este pueblo en su faz primitiva, empiezo mi narración, que es, en el fondo, la que me hizo Damián, un mayordomo.
Kol-ak-chiutl (mudada de culebra), que en la tribu por abreviación acabaron por pronunciar Kola, era una mujer que se iba enriqueciendo a ojos vista, debido a que era bruja y además ladrona.
Tenía una hija, Oxil-tla (flor de pino) de ojos pardos como la piel de una liebre montés. Su pie era pequeño; sus manos, que sólo se habían ensayado en devanar algodón y en tejer lienzos de plumas, puestas al sol dejaban pasar la luz como una hoja tierna. Su pecho era como la onda del río Para completar su belleza; niña aún, su abuelo materno le había pintado el más lindo pájaro en las mejillas. Kola llevó un día a su hija al campo, y allí le dijo un secreto. Tres días después Kola había ido con ella al peñol de Arambala, donde moraba Oxtal (Cascabel), señor de Arambala, con diez mil flecheros que defendían el peñol; pues el príncipe se había apoderado de la comarca por traición. Invitado a una fiesta, su gente, que había dejado en los bosques vecinos, cayó de improvisto en la tribu embriagada con aguardiente de maíz. Kola y su hija Oxil-tla pusieron a sus pies de ratón montés y un dosel de plumas de quetzal. Oxtal las besó en los ojos y esperó en silencio. La madre hizo una seña a su hija, y ésta ruborosa, desdobló el manto y puso a los pies del cacique sus ídolos de piedra de río.
Entonces Kola habló de esta manera:
- Estos son los cuatro dioses de mis cuatro abuelos, el quinto es el mío y el sexto el de esta paloma, que trae su familia para mezclarla con la tuya.
Oxil-tla bajó los ojos.
-Oxtal, señor de Arambala, tiene tantas esposas como dedos tiene en las manos; cada una le trajo una dote de valor de cien doseles de plumas de quetzal y de cien arcos de los que usan los flecheros de Cerquín. Tu paloma no puede ser mi esposa sino mi manceba.
Kola se levantó, empujó suavemente a su hija desde la puerta, y dijo:
-Tus ojos son hermosos como los del gavilán y tu alma es sabia y sutil como una serpiente: cuando la luna haya venido a iluminar el bosque por siete veces, estaré aquí de vuelta. Cada hijo que te nazca de esta paloma tendrá por nahual una víbora silenciosa o un jaguar de uñas penetrantes. Los mozos que van a mi lado a las orillas de las cercas a llamar por boca mía a su nahual, fiel compañero de toda su vida, atraen a su llamamiento a los animales más fuertes, cautelosos y de larga vida. Oxil-tla, camina delante.
Por esta razón Kola había visto una tarde, con impaciencia, el árbol del patio donde estaban hechas seis rayas.
- Seis veces la luna ha iluminado al bosque -dijo-, y aún falta mucho para completar tu dote. La vida tristeza de Oxil-tla se iluminó un momento por un rayo de alegría.
Porque Oxil-tla iba por las tardes a la cerca del maizal vecino, siempre que el zumbido de una honda hacía volar espantados a los pájaros negros de la comarca; ¡de tal modo el poderoso hondero hacía aullar el pedernal en los aires!
En el verde y floreciente maizal había oído ella la canción que solía murmurar entre dientes cuando estaba delante de su madre:
Flor de pino ¿recuerdas el día En que fuiste, a los rayos del sol, A ofrecer esa frente que es mía Al beso altanero Del cacique que guarda el peñol? Di a tu madre, cuando haya venido La ancha luna por séptima vez, Que yo he de ir a su sombra escondido, Y que hará al guerrero la piedra de mi honda caer a mis pies.
El que así canta en el maizal es Iquexapil (perro de agua), el hondero más famoso que se mienta desde Cerquín a Arambala; ora Oxil-tla ama a Iquexapil, por eso se regocija de su madre no pueda recoger una dote por valor de cien doseles y cien arcos.
Kola meditabunda, pues ambiciona que su bella hija sea la esposa de un cacique, toma una resolución siniestra: llama en su auxilio al diablo Ofo, con todo su arte de llamar a los nahuales.
Una noche que amenazaba tempestad, fue a la selva e invocó a las culebras de piel tornado; a las zorras que en la hojarasca chillan cuando una visión pasa por los árboles y les eriza el pelo; a los lobos, a los que un espíritu de las cavernas pica el vientre y les hace correr por las llanuras: a los cipes que duermen en la ceniza y a los duendes que se roban las mujeres de la tribu para ir a colgarlas de una hebra del cabello en la bóveda de un cerro perforado y hueco, de que han hecho su morada. La invocación conmovía las raíces de los árboles que se sentían temblar.
En la bruma del río que había mezclado su rumor al odioso conjuro, llegó Ofo, el diablo de los ladrones, y habló de tal manera a los oídos de la bruja, que ésta volvió contenta a su casa, donde halló a Oxil-tla dormida.
Pronto se habló de muchos robos en la tribu y sus alrededores.
Uno hubo que puso un lienzo de plumas valiosas en la piedra de moler y se escondió para atisbar al ladrón.
Vio llegar una loba a quien quiso espantar; la loba saltó sobre él, le devoro y se llevó el lienzo.
La población estaba aterrada.
Kola, desde la puerta de su casa, aguardaba impaciente que la luna dejase ver tras los montes su disco angosto como un puñal de piedra.
Ahora, he aquí lo que pasó una noche. Mientras Oxil-tla dormía profundamente, Kola se levantó desnuda. El frío de la noche es glacial y la sombría mujer echa al horno los troncos más gruesos, en que empiezan a avivarse ascuas enormes. La bruja entonces toma la sartén de las oraciones, en que presentara a su dios la sangre de las liebres sacrificadas al venir la estación de las lluvias. Coloca esta sartén en medio de la casa, da saltos horribles al fulgor de la hoguera, hace invocaciones siniestras a Ofo, y finalmente vomita en el tiesto un vaho plomizo que queda allí con aspecto de líquido opalino: en su espíritu. En aquel momento la mujer se había transformado en loba. Entonces se fue a robar.
En el silencio de la noche, la claridad de la hoguera hizo abrir los ojos a Oxil-tla, que mira en torno, busca y llama a su madre, que ha desaparecido. La joven se levanta temerosa. Todo esta en silencio. Recorre la casa y da en el tiesto, en que flota algo como líquido y como vapor.
-Madre -dice la joven-, madre fue al templo y dejó impuro el tiesto de las oraciones; una buena hija no debe dejar nada para mañana: es preciso acostumbrarse a un trabajo regular; que más tarde Iquexapil vea en mí a una mujer hacendosa...
Al decir esto, se inclina, toma el tiesto y arroja a la hoguera su contenido: el fuego crece con llama súbita, pero luego sigue ardiendo como de ordinario.
Oxil-tla guarda el tiesto, se acuesta de nuevo y, para calmar su terror procura conciliar el sueño y se duerme.
A la madrugada, la loba husmea toda la casa va, se revuelve, gime en torno, buscando en vano su espíritu. Pronto va a despuntar el día. Oxil-tla se despereza, próxima a despertarse con un gracioso bostezo. La loba lame impaciente el sitio en que quedó el tiesto sagrado. Todo en vano!: antes que su hija despierte gana la puerta y se interna por el bosque que va asordando sus aullidos. Aunque volvió las noches subsiguientes a aullar a la puerta de la casa, aquella mujer se había quedado loba para siempre.
Oxil-tla fue la esposa de Iquexapil.
Estas formas tomaba la moral en los tristes aduares

Día de la Cruz


Claudia Lars


Abril se había despedido del calendario en la última hojita de papel que levaba su nombre, y el intenso calor y el blancuzco polvo del camino se iban apoderando del patio y de las habitaciones de nuestra casa.
El matiz que predominaba en el paisaje era un amarillo profundo, con sombras pardas y rojas, y algunos árboles hermosísimos -esos heroicos árboles que florecen en mi tierra durante la estación más ardiente del año- cambiaban su cansado follaje por capullos preciosos y voladores.
El párroco y las beatas más iglesieras organizaron una procesión para pedir lluvia a los santos, y las niñas, repitieron en todas partes la antigua ronda escolar.
"Que llueva, que llueva,
la Virgen de la Cueva"...
Pero ni plegarias ni canciones tenían virtud ninguna pues el cielo, deslumbrante y caliente, apenas recogía unas hilachas de nube.
Cuando yo tomaba despaciosamente mi desayuno vi que Cruz aparecía por la puerta del comedor con un saco de yute entre las manos. Al sólo verme dijo:
-¡Apúrese niña! ¿No quiere ir al monte a cortar fruta? ¿Qué no sabe en qué fecha estamos?
Salté de la silla, llena de entusiasmo bullanguero, pues en un segundo me di cuenta de que había llegado el dos de mayo. Al día siguiente se llevaría a cabo la gran celebración de los labriegos: algo que se mezclan, de un modo pintoresco y bello, las creencias indígenas con las creencias españolas.
-Pongance pantalones y botas altas -ordenó niña Meches a sus dos discípulas-. ¡Y no hagan tanto ruido ni corran tanto! Se van a cansar antes de tiempo.
-Con tal de que no los muerda una culebra... -rezongó zarca Chica, disimulando su enojo por que no podía acompañarnos.
Salimos de la casa bajo la vigilante mirada de nuestra maestra, seguidas por Juana Morales, los hijos de las sirvientas y los tres perros del abuelo. Cruz -metido en sus caites aguantadores- era el guía y capitán de la excursión.
Pronto estuvimos al otro lado de los potreros y tomamos un senderito que se alargaba entre breñales para encontrar, después, la aromada orilla de la montaña. (En mi país se le da el nombre de "monte" o "Montaña" al bosque a la selva). El cielo era un prodigio de luz veranera, en el que bailaban -como negros bailarines- los zopilotes de alas casi inmóviles.
Sobre nuestros sombreros de palma sentíamos la fuerza del sol como fuego atomizado y por nuestras espaldas bajaba el sudor en gruesas gotas; sin embargo, subíamos la cuesta riendo y charlando, pues pronto estaríamos dentro de un mundo de follaje, pleno de rumores y de cosas sorprendentes. Al fin la tupida arboleda abrió ante nuestros ojos sus vibradoras puertas, y bajo la sombra de un frondoso copinol nos tendimos a descansar un rato.
Aquella "montaña" era ancha y misteriosa. La estación de verano -Verano de 6 meses largos- no lograba robarle la frescura, por que las ramas de los arboles se entrelazaban entre sí formando un techo verde, que impedía que los rayos del sol llegaran asta el suelo. Bajo la suave alfombra de hojas secas y frutas podridas había siempre un poco de humedad.
-Por aquí... decía Cruz descubriendo las huellas de unos pies descalzos.
-Por aquí... -volvía a decir mas adelante.
Gorjeaban los chiltotes y los zenzontles; las palomas moradas gemían en la espesura; golpeaba el pájaro -carpintero el tronco de un árbol envejecido y las azules urracas -que parecen señoritas ricas- lucían sus peinados de copete y sus lindos collares negros.
¡Que olor tan delicioso el de aquella "Montaña" de mi niñez!... Entraba por mi naricilla sensual hasta el fondo de mis pulmones, y mezclándose a la corriente de mi sangre se escondía en mi memoria para siempre.
Yo contemplaba -curiosa y maravillada- las levísimas redes de las arañas; el ejército de hormigas negras, que iba con sus cargas de un hormiguero a otro; las tornasoleadas escamas de una iguana miedosa o el gusano lento y peludo, que se arrastraba sobre la hoja de un quequeishque. De la ceiba-abuelas caían en festones orquídeas rarísismas, y unas mariposas, con círculos de colores en las alas, bajaban hasta el musgo de las piedras o se detenían un momento sobre la miel de los bejucos.
Recogimos frutas de varios sabores o las hicimos caer de los gajos, sacudiendo las ramas. Paladeamos aquellos bocados riquísimos como criaturas sanas y glotonas: nísperos que se partían con los dedos y que ocultaban semillas lisas y lustrosas; caraos repletos de jarabe oscuro; cujines con carnes que parecía algodón... Los papaturros eran como gurinaldas de flores de azúcar; los caimitos hacían pensar -al abrirlos- en helados de leche; y las manzanarrosas, que huelen a rosal y son tan livianas, nos esperaban sobre la hierba regadas o amontonadas, como huevos finísimos de algún extraño pájaro tropical.
Regresamos a casa a la hora del almuerzo y esa misma tarde un poco después de la siesta fuimos al mercado a comprar las frutas que se cultivan en patios y huertos. Cargados de naranjas, mangos, jocotes y limas de pezoncito puntiagudos, entramos más tarde por el zaguán que nos esperaba con las puertas abiertas, y depositamos aquella aromada ricura en una esquina del corredor.
Entonces tía Adela sacó de su armario las tijeras que hacían milagros y buscó martillo, clavos y alfileres. Preparó un poco de engrudo que depositó en una vieja cajita de sardinas y empezó a trabajas ayudada por todos nosotros. Con dos pedazos de madera -embellecidos con pintura dorada- formamos una cruz como de una vara de alto y la sembramos en un barrilito lleno de arena, que antes se había colocado en el centro del patio. Cintas de cadenas y papeles brillantes y una gran variedad de palmas y helechos cubrieron aquel basamento en pocos minutos, convirtiéndolo en peana de lujo; después amontonamos alrededor del barril todas las frutas que habíamos cortado o comprado, y el jugoso amontonamiento se orilló con hojas escogidas y con fragantes racimos de coyol; además se adornaron los brazos de la cruz con flores de ensarta y se puso en su centro un húmedo ramo de rosas rojas. ¡Ni en el país de Jauja se hubiera encontrado tal abundancia!
Un cohete de varita anunció al pueblo que nuestro altar ya estaba listo. Otro cohete respondió en la casa vecina, y otro en la siguiente y en la que estaba más lejos...
Casi todas las familias de nuestra aldea celebraban cristiana y paganamente el día de la Cruz. Como nadie deseaba que en su patio bailara el diablo -por haber olvidado la construcción del altar de frutas- todos se esmeraban en hacerlo con gracia y primor.
Hasta el día tres, es decir, hasta "el propio día grande", se podían comer las golosinas de la ofrenda; pero antes de probarlas era obligatorio adorar el sagrado símbolo. Hombres y mujeres, niños y adultos, ricos y pobres, pasaban de una casa a otra en bulliciosos grupos. En cada retablo adoraban con reverencia; en cada ahogar se les obsequiaba con largueza.
En ese año, y en la fiesta en que me refiero especialmente, las personas de mi familia se reunieron como a las siete de la noche en los corredores de la casa de portal. A pesar de que durante varias horas habían devorado toda clase de ricuras, aún se sentían entusiasmadas ante los tamales de Toribia y las copas de vinito moscatel.
Zarca Chica iba y venía repartiendo manjares; Juana Morales, muy engalanada y sonriente vaciaba en vasos de colores la horchata de pepitoria y el sabroso refresco de canela; Polo quemaba cohete a medio patio y hasta Andrea -tan vieja ya y tan cansada- parecía esa noche una mujer rejuvenecida y feliz.
-Me corto esta oreja si no llueve en la madrugada!- dijo Juana mientras observaba el cielo.
-Pues no se la cortará, Juanita -contestó el mayordomo de la hacienda-, porque va a llover a cántaros.
Poco después nos agrupamos alrededor del altar, bajo la luz de las estrellas y entre el aroma de la parra de jazmines.
"Quita de aquí Satanás,
que parte en mí no tendrás,
pues el día de la Cruz
dije mil veces Jesús,
Jesús, Jesús, Jesús"...
Yo me fui a la cama con aquella oración dentro de la cabeza, y como había comido hasta casi reventar, dormí mal y soñé cosas absurdas. Muy de mañanita la triunfante voz de Juana me despertó súbitamente.
-¡Ya vieron que llovió!... Ya vieron! ¡Ya vieron!...
-Y la voz de Toribia, desde el fondo de la cocina:
-¡Y como no iba a llover después de la gran adoración!
Rápida y feliz yo corrí al patio y al traspatio, descalza y en camisa de dormir. Todo estaba fresco, lavado y húmedo. Un olor delicioso y penetrante -olor de mi tierra después de la primera lluvia del año- me obligaba a saltar, bailar y gritar.